Correo:
A la atención del señor Arguedas,
Me dirijo a usted como desahogo ya que creo que tiene parte de culpa de la situación que vivo en estos momentos. Aunque entiendo que mi esposo es el principal culpable y responsable de no saber priorizar.
Casi podría tutearle ya que desde un tiempo a esta parte lo podría considerar como alguien más de la familia ya que “Chema” está con nosotros en numerosos momentos del día. Mi marido se encarga de ello. Desconozco si llegará a su poder este correo o si será el sitio oportuno. No tengo ningún inconveniente en que publique esta carta en su blog, ya que cómo no, mi marido está abonado a él, y a ver si de esta forma reacciona. Eso sí, agradecería que mi nombre quedase en el anonimato. Mi historia es la siguiente:
Hace un año que mi marido por prescripción médica comenzó a ir en bicicleta. Todo ello debido a una lesión de rodilla. La recomendación del traumatólogo fue que la práctica de bicicleta con moderación era lo que mejor podía venirle para su dolencia y rehabilitación. Al final le hizo caso en todo menos en lo de la moderación. Poco a poco se fue enganchando a salir más días y yo estaba contenta porque lo veía entusiasmado y feliz. Pero lo peor vendría estas navidades cuando tuve la “feliz” idea de comprarle un libro que pensé que le gustaría, “Planifica tus pedaladas”. Y ya lo creo que le gustó. Lo que yo no esperaba es que lo iba a abducir hasta los extremos en que nos encontramos. De momento creo que se ha quedado sin neuronas y estas han sido sustituidas por mitocondrias. Una de sus palabras preferidas, entre muchas otras, desde estas navidades y que usted debe citar en numerosas ocasiones en su libro. Los seriales que nos cuenta suelen ser de cuidado, a mi madre con ochenta años la tiene loca con los radicales libres y la oxidación celular y ha descubierto, según él, cómo funciona su cuerpo cada vez que sale con la bicicleta. Un descubrimiento gracias a su inseparable pulsómetro y que compró nada más terminar de leer su libro. Ya sólo le falta ponérselo a nuestro gato, cosa que no me extrañaría que ya hubiese intentado, porque su obsesión por saber las pulsaciones que tiene en reposo y en las distintas situaciones cuando está en casa es enfermiza (aunque esto último ya parece que se le va pasando). Puedo dar fe y constatarlo ya que ha llegado a situaciones extremas. Una noche llegó a proponerme un trío. Yo, él y su inseparable pulsómetro. Me dijo que tenía curiosidad por saber a qué pulsaciones alcanzaba en…sin comentarios.
Desconozco si los demás poseedores del libro seguirán al pie de la letra sus instrucciones. El mío, muy a mi pesar, puedo asegurarle que sí. Antes aún se quedaba en casa los sábados, pero eso ya pasó a la historia. Eso y las veladas que solíamos pasar con nuestros amigos algún sábado que otro y que de un tiempo a esta parte han sido suprimidas debido a que al día siguiente le toca hacer no sé cuantas horas y que además después del madrugón que se pega y toda la mañana del sábado en bicicleta, por la noche está plegado. Y eso, evidentemente, a traído otras consecuencias como se podrá imaginar. Nuestras relaciones o encuentros como pareja se han visto mermados considerablemente.
O sea, estoy a dieta en el más amplio sentido de la palabra. Ya que como se podrá imaginar, las restricciones a la hora de comer no sólo se las aplica él sino que intenta que las llevemos el resto de la familia. Y no se da cuenta que tenemos un hijo en edad adolescente y tiene que comer más. Cada comida se convierte en un examen para saber cómo clasificar todo lo que comemos en los distintos índices glucémicos.
A mi pregunta que de dónde había sacado ese nuevo interés, fue cuando me dijo, como no, que era un artículo de la página web de Chema Arguedas. Ahí fue dónde descubrí su dirección de correo y cuando se me ocurrió escribir este correo aunque sólo me sirva como pataleta. Espero que esto pase pronto o se lo tome de otra forma. Gracias por su atención.
Chema es dios!!!





